Pelota de cuero

Había vuelto de ayudarle a hacer los mandados a la tana que vivía a la vuelta, sobre la avenida. Ketchup, el colorado del barrio, había corrido el rumor entre nosotros que ella no entendía bien el cambio de la nueva moneda y, últimamente,  daba propinas con billetes de los verdes a quien le ayude con las bolsas. Me di cuenta que dicho rumor era falso, porque solo ligué dos monedas de 25 centavos por acarrear una pesada carga por más de diez cuadras.

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Acreditación de prensa

Desde muy chico se me había dado a bien por la informática. Me había vuelto muy habilidoso en programación y, sobretodo, en algunas herramientas de diseño gráfico. Gracias a eso, cuando no estudiaba, me dedicaba a hacer trabajos para terceros y, de esta forma, obtener algunos ingresos extras: redactaba currículums o trabajos prácticos, diseñaba volantes, reparaba e instalaba computadores e impresoras y desarrollaba programas sencillos en Visual Basic.
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Una visita desde atrás del ropero

Me despertó una necesidad inmensa de hacer pis. Juzgando por la falta de luz en la ventana, debería ser de madrugada. Me di media vuelta hacia mi izquierda para tratar de conciliar la necesidad de mi vejiga. Sentía un frío muy intenso, a pesar de que ese día me había acostado vestido de mangas largas y jogging para menguarlo un poco. Como ya no aguantaba, me volví hacia el otro lado de la cama con la intención de partir mi excursión hacia el baño. Cuando hice fuerza con mi antebrazo para incorporarme, me pareció ver la sombra de una persona de gran porte parada al lado del ropero, que se encontraba observándome. De inmediato, me tape completamente hasta la cabeza y cerré mis ojos con fuerza. Me encontraba invadido por el miedo. El tiempo parecía haberse interrumpido en ese preciso momento, aunque en el aire podía percibirse el tictacteo del reloj de pared de la cocina.
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Segundo examen

Se acercó con los ojos vidriosos. Le temblaba un poco la barbilla. Me pidió hablar unos minutos en privado antes del comienzo de la clase. Lo había visto muy pocas veces en el año, pero sabía que era el hermano menor de Nilda Buffet, una de las estudiantes más sobresalientes que había tenido hasta el año pasado. Le empezaron a escurrir algunas lágrimas por las mejillas cuando intentó empezar a hablar. Por costumbre siempre llevo un pañuelo de tela en mi bolsillo que se lo cedí de inmediato. Con una voz algo quejumbrosa me relataba que su padre se encontraba muy enfermo, que por dicha razón no estaba asistiendo a las clases y, por consiguiente, no pudo rendir el primer examen. Además, agregó, que cuando quiso presentarse en la fecha del recuperatorio fue cuando tuvieron que internarlo por un ataque al corazón. Prosiguió relatándome como los médicos al llegar a urgencias pudieron sacarlo del estado catatónico en el que se encontraba, con dos paletas eléctricas y que, si bien ahora se encontraba en terapia intensiva, luego de la operación a la que fue intervenido, se lo veía de buena cara y con un pronóstico de mejora favorable. Continuar leyendo «Segundo examen»

Sacando a pasear a Samanta

No recuerdo si era un sábado o domingo pero estoy seguro que era cerca del mediodía. Desde el patio de mi casa se empezaba a sentir un intenso aroma a asado en las inmediaciones y el calor empezaba a picar. Con una manguera aprovechaba para regar los zapallos de una huerta que, por alguna razón desconocida, había florecido al costado de la medianera. Desde mi posición, veía a Samanta que estaba echada debajo de una vieja bañadera invertida, que hacía las veces de cucha. “Chuic” —le chisté juntado mis labios como un pico y sorbiendo aire por la boca— y con mucho aplomo se incorporó y se acercó hacia donde me encontraba, llevando a cuestas su larga lengua que le ladeaba al costado del hocico. Le acerqué la manguera a la boca y tomó algunos tragos de agua, que parecieron no ser suficientes ya que continuaba con un incesante jadeo.
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Retrato de posterioridad

Generalmente cuando me aburro en la clase, la manera que tengo de poder escaparme de la misma es garabatear el banco. Dibujarlos con lápiz. He llegado a realizar verdaderas obras de artes. Hoy, casualmente, me acaba de salir un Piccolo digno de admiración. Con sus antenas y todo. Me iba a animar a colorearlo con fibra verde, pero como tardaría mucho en secar, podría generar un enchastre en los puños de la camisa. Entonces, opté por dejarlo como estaba y traer desde mi casa una lapicera verde para finalizarlo. En ese momento, el timbre dio la hora y fue momento de salir. Continuar leyendo «Retrato de posterioridad»

¡Mirá cuántos metros tengo!

Mi papá es albañil y en el fondo de casa tenemos un galpón donde guarda las herramientas. Los fines de semana que no trabaja en alguna obra, siempre se pone a hacer algún arreglo en la casa, donde aprovecho para estar a su lado y aprender el oficio.

Uno de esos fines de semana, él estaba por instalar una pileta que le había “sobrado” de un trabajo, en la pared de ese mismo galpón. Me dispuse como siempre a observar y, por consiguiente, aprender el paso a paso que le llevaría la actividad y ayudarlo en lo que necesite. Generalmente, lo que más necesitaba era que le cebe mate. Continuar leyendo «¡Mirá cuántos metros tengo!»

La bestia

Un fuerte ruido logró desvelarme y, de a poco, abrí los ojos y levanté la cabeza de la almohada. Gracias al reflejo de la luna que atravesaba por la ventana, pude divisar una figura desmoronada en la puerta de mi habitación. Un escalofrío heló mi espalda.  Su cuerpo era tan voluminoso que ocupaba la mitad de la entrada y daba la impresión de ser un ovillo, por la forma en que sus garras se enlazaban en sus piernas. Me quedé unos segundos observando su cuerpo en silencio para verificar que se moviera. Nada ocurría. La criatura se encontraba impávida ante mi mirada. Continuar leyendo «La bestia»

La bolsa

Decidí darle una mirada de nuevo, comprobar que todo este allí. Los había reunido a todos dentro de una bolsa grande de la feria del calzado. Era sin dudas una ocasión especial.

A primera vista se veía el muñeco de Scorpion. Ya había perdido su túnica por el constante ajetreo del día a día, pero conservaba aún el color amarillento del barbijo de su capucha.

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La primavera

Pasado unos minutos del mediodía, noté que el día se había vuelto gris de repente. Un conjunto de nubarrones había ganado el cielo y cada vez amenazaba más con llover. Faltaba aproximadamente una hora para salir al colegio, pero no me había vestido con el uniforme aún. En cambio, seguía degustando un sanguche de papas fritas mientras que, por el canal once, el Zorro saltaba desde el balcón del cuartel para caer sentado sobre su negro corcel; daba dos taconazos y en la escena siguiente se lo veía galopando por las llanuras. Fue ahí cuando se me ocurrió que faltar a clases ese día, sería una idea brillante: mi asistencia durante el año había sido perfecta, tarea pendiente no tenía y no íbamos a ver tema nuevo, ya que, durante el día, se iban a realizar actos conmemorativos del día del estudiante con festejos incluidos. Además, mis compañeros solo hablaban del baile que se había organizado por la primavera en el club del Vidrio y que no me interesaba asistir en lo más mínimo.

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