Samanta y la gata negra

http://www.xn--elnio-rta.com.ar/2016/06/16/sacando-a-pasear-a-samanta/

(…)

La cargué por debajo de mi brazo y apuré el paso de nuevo hacia mi casa. Volví a ingresar por el alambre caído y la dejé en el fondo. Llamé a mi mamá y le conté la situación. Fue con urgencia al fondo para poder revisarla. La encontró echada debajo de la bañadera complemente ensangrentada. Como no teníamos medios como para poder costear un veterinario, ella me dijo que, de recuperarse, debería ser por su cuenta.

Agarré la manguera que estaba en el suelo, abrí la canilla y me puse a enjuagarle la sangre del cuerpo. Sorbió unos tragos de la manguera, se metió al fondo de la cucha y no volvió a salir.

***

Tenía la certeza de que estaba allí por algo. No la vi llegar, porque su pelaje negro se mimetizaba entre las sombras, pero me había percatado de su presencia hacía un largo rato. Por eso, no logró sorprenderme, ni tampoco asustarme, cuando se acercó de forma muy cansina por mi espalda y me susurró al oído:

—Hola Samanta… ¿Por qué no me perseguís?… debería ser lo habitual entre una gata y una perra…

Incliné un poco la cabeza por encima del lomo y vi como se sentaba a mi lado. Fue entonces cuando proseguí:

—Te imaginaba… no sé… de otra forma…

—Típico de la ignorancia canina, que no puede ver más allá de sus pulgas. Pero no te preocupes, no es la primera vez que me imaginan de forma diferente. Esa es la imaginación que se genera al estar en un mundo de cuatro paredes. ¿Sabías que por fuera de estos muros hay otras cosas para ver? …

Vi que ella tenía una verborragia fuera de lo común, se ve que tenía ganas de encarar una conversación larga de la cual no tenía ganas de entablar. Entonces, preferí ir directo al grano y la interrumpí en medio de su discurso:

—¿Estoy muerta? —le pregunté. Era evidente que había entendido de inmediato que no estaba de ánimos para hablar, entonces se sonrió (apenas) de un lado de la comisura de sus labios y dijo:

—¿Te imaginas cómo sería tu vida si nunca murieras?¿Qué tan absurdo suena eso?…

Me tomé unos momentos para reflexionar al respecto. No podría relacionarme eternamente con alguien y, en definitiva, solo sería un alma solitaria. Podría sufrir enfermedades sin morir, pero los dolores y padecimientos allí estarían y no me los quitaría nadie. Es decir, podría tener un cuerpo de miles de años y lleno de dolores. Porque ser inmortal no es lo mismo que ser eternamente joven. Y eso, en el mejor de los casos donde me pudiera mover, porque si perdiera algún miembro del cuerpo, quedaría incapacitada para toda la eternidad. O podría quedarme sin poder comer o beber porque no hay nada, y pasar los días y las noches con hambre y sed porque nunca te mueres. Y lo peor de todo, vería la muerte de mi humano y posiblemente los de todos los de la tierra. Un reflujo me invadió de nauseas con solo pensarlo. Se podía convertir en la peor de las condenas.

—¿Te puedo hacer una última pregunta?…

—Adelante… —asintió mientras lamía su garra izquierda.

—¿Por qué estás triste?…

—Porque así como el tuyo, mi tiempo se acaba. Mi trabajo es especialmente intenso en mundos como éste, donde los seres vivos aún no me han descubierto y viven felices en su ignorancia. Pero esto en tu mundo, está a punto de dar un importante giro dimensional. Sus habitantes descubrirán otras dimensiones de la vida y de la existencia. Todo ello, representará que mi labor será mucho más reducida, más relegada a un simple trámite burocrático. Cuando los seres vivos dejen de temerme, ya no me necesitarán y creo que eso sucederá más pronto que tarde. Al conocerme, se conoce la verdad de la vida y, entonces, la criatura se convierte en un ser libre.

Miré a la felina a los ojos y en su reflejo vi pasar ante mí la historia de la verdadera vida, en la cual la muerte tan sólo era un instrumento, un mecanismo más; un camino de regreso hacia su origen, donde nacían y morían para volver a nacer y a morir, haciéndose cada día más perfectos y más libres. Entonces, comprendí que ella era el pasaporte para mi libertad pero, a lo lejos, vi una cálida luz que se empezaba a asomar por la entrada de la cucha y sentí la necesidad de dirigirme a ella. Le di las gracias con una sonrisa y me incorporé como pude, poco a poco. Me costaba respirar, tenía el cuerpo magullado y un fuerte dolor de cabeza. De pronto recordé que había tenido un accidente. Y, abriéndose paso en mi mente, me llegó nuevamente la voz de la gata:

—Nos vemos en unos años…

Sabía inevitablemente que así sería, pero ya no me preocupaba. Si tendría miedo a algo, sería a la vida eterna.

 

 

 

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *