Botines blancos

No hay mayor anhelo al crecer que intentar parecerse a esos personajes que sobresalen del resto: tener algo al menos… una pizca de su magia. Siempre fantaseamos cosas por el estilo. Algunos se dejan llevar por nobles protagonistas de historietas con sus extraños poderes. Otros románticos, por los héroes de las películas de acción; o bien, en el mejor de los casos, por algún laureado deportista de élite. Éste no es mi caso: a mí me gusta él, con sus virtudes y defectos.

Me cayó bien de entrada, cuando lo vi por primera vez parado en la mitad de la cancha. No tenía idea de quién era o de dónde lo habían sacado. Recuerdo que en su primera intervención del partido, la pelota se le embrolló entre los pies y se le escapó a lo largo para que un rival se hiciera de la misma. Sin embargo, le puso garra a la situación, corrió al contrincante, la peleó, se tiró a sus pies y recuperó la pelota. Fue desde aquél momento que mis ojos comenzaron a observarlo desde un punto de vista distinto: lo seguían donde fuera dentro del campo de juego seducidos por su asombrosa estampa.

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Gilda

Nunca supe de donde vino, pero un día llegó. Fue en aquella época cuando mi papá empezó a hacer changas en el taller de Pipo, allá por Dock Sud, y mi mamá había conseguido trabajo en la dirección de tránsito. No hubo una presentación formal: solo estaba siguiendo el rastro del aroma de las tostadas, que llegaba hasta mi habitación y provenía de la cocina. Vi a alguien al lado de la mesa, me refregué los ojos para mejorar el foco y la vi sentada. Cuando se percató de mí, no hizo falta que me analizara con su mirada, como ocurría habitualmente con los demás; solo se incorporó de la silla y dijo:

— Anda a lavarte la cara, que te preparo la leche…

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